Cuando le propuse matrimonio a mi ahora esposa, la planeación empezó al día siguiente — y una de las primeras preguntas fue cómo íbamos a enviar las invitaciones. ¿Papel? No queríamos afectar el medio ambiente. ¿Una imagen? Se sentía demasiado sencillo para lo que queríamos contar. Una invitación digital, sí — pero ¿cómo? Busqué un proveedor que entendiera lo que quería: algo que no se viera como una boda más. No lo encontré. Lo que había eran plantillas genéricas, herramientas para armarla uno mismo, sitios que parecían de otra década.
Así que la diseñé yo mismo. Quedó bonita — varios invitados me lo dijeron. Pero después de enviarla entendí que el problema nunca había sido la invitación: era todo lo que pasa después de enviarla. Invitados que no confirmaban, que no leían el mensaje, que preguntaban a última hora si podían llevar acompañante. Personas de las que nunca supe si habían abierto el link. Los que nunca contestan. Los que cancelan el mismo fin de semana de la boda. Y la parte que de verdad agota: armar las mesas — quién va con quién, qué familias pueden compartir mesa y cuáles no — para terminar pasando esa información en limpio al maestro de ceremonia, como se pudiera: a mano, en Word, en un Excel.
De ahí nació Invittas. No como una herramienta más de plantillas — de esas ya había suficientes, y no es lo que la mayoría busca. No todos quieren pasar horas aprendiendo herramientas de diseño, y con una inversión justa prefieren que alguien más lo haga bien. Invittas existe para ser ese alguien: quien diseña cada invitación con la dedicación que merece, entendiendo que detrás de cada evento hay una persona con expectativas, con una historia que contar, y sobre todo con el deseo de que nada salga mal.
Contar historias de amor, de vida, de logros — a través de una invitación — es lo que nos mueve. Y quitarle a cada pareja, familia o persona el peso logístico que yo mismo cargué, para que desde el primer momento, el de la invitación, todo empiece a marchar bien.